Hay torneos que entregan premios, prestigio o puntos para un ranking. Y hay otros que terminan moldeando vidas. Para César Monasterio, el Abierto del Norte pertenece claramente al segundo grupo. Porque mucho antes de convertirse en uno de los golfistas argentinos más reconocidos de las últimas décadas, mucho antes de competir en Europa o ganar títulos internacionales, fue un chico tucumano que caminaba como caddie por Alpa Sumaj soñando con parecerse a los profesionales que llegaban a la provincia. Hoy, a los 62 años y convertido en uno de los grandes referentes de la edición 59° del certamen, Monasterio todavía mantiene intacta una ilusión: ganar por primera vez el torneo que lo hizo enamorarse del golf.
“Gracias a este evento encontré mi forma de vida”, resume. Y la frase no parece exagerada. Sus padres comenzaron a trabajar en el club hace más de cinco décadas: su padre en el vestuario de caballeros y su madre en el de damas. Desde entonces, prácticamente se crió dentro del Jockey Club. “Cuando tenía seis años ya andaba dando vueltas por la cancha”, recuerda.
Como muchos chicos de esa época, empezó como caddie. Ahí apareció una figura fundamental en su historia: Augusto Bruchmann, uno de los grandes jugadores tucumanos, de quien llevó la bolsa durante años. “Fue un poco mi reflejo”, cuenta. Mientras acompañaba recorridos y observaba a los profesionales, comenzó a imaginarse dentro de ese mundo.
Ese sueño empezó a tomar forma definitivamente en 1989, cuando jugó por primera vez el Abierto del Norte. Primero tuvo que atravesar la clasificación y luego logró meterse en el torneo principal, donde terminó 18°. Para muchos habría sido apenas una participación; para él fue un clic definitivo. “Mezclarme con esos jugadores era algo grandioso. Ahí creció la ilusión y el deseo de ser profesional”, recuerda.
Un año después, en 1990, se convirtió oficialmente en profesional. Y con el tiempo construyó una carrera que superó ampliamente aquellas primeras expectativas. Desde 2003 comenzó a competir de manera sostenida en Europa, entre el European Tour y el Challenge Tour. En 2005 ganó el Abierto Telefónica Móviles de Guatemala y en 2006 consiguió el logro más importante de su trayectoria: el Aa St Omer Open, torneo oficial del European Tour.
“La pelotita me llevó por todo el mundo”, dice con una mezcla de orgullo y gratitud. Y no es una frase hecha. El golf no solo le permitió vivir del deporte: también formar una familia, convertirse en abuelo y sostener una vida entera alrededor de una pasión que comenzó en Tucumán.
Sin embargo, hay una espina que sigue clavada. Pese a haber sido protagonista durante años y terminar varias veces en los primeros puestos, nunca pudo ganar el Abierto del Norte. “Tengo un gustito amargo con este torneo”, admite. “Terminé segundo muchas veces y nunca lo pude ganar. Hay muchos tucumanos que sí están en esa lista de campeones y mi nombre no está ahí”, contó.
La confesión sorprende porque Monasterio es, justamente, uno de los grandes símbolos del golf tucumano. Pero él mismo reconoce que esa deuda mantiene vivo el deseo de volver a competir. “Más que la ilusión, sigue presente el sueño”, asegura.
Aunque hoy está más enfocado en la enseñanza y en la docencia dentro del golf, continúa vinculado al circuito y mantiene la misma pasión de siempre. “No puedo hacer otra cosa que no sea golf”, afirma. Y quizás ahí esté la clave de toda su historia.
Porque para Monasterio el golf nunca fue solamente un deporte. Fue educación, disciplina, trabajo y proyecto de vida. “El Jockey fue mi universidad”, resume. Y mientras vuelva a caminar por Alpa Sumaj, el sueño de conquistar el Abierto del Norte seguirá tan vigente como cuando era aquel chico que miraba a los profesionales desde afuera de las cuerdas.